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Inventos sin palo

Muchos piensan que en España sólo se inventan cosas con el método de añadir un palo o un tubo a objetos que ya existían. Le añadieron un mango a un caramelo y nació el chupa-chups; un palo de escoba puso fin a la tarea de fregar de rodillas e hizo millonario al inventor de la fregona; y desde que alguien le puso unas varas a una mesa, hemos pasado muchas horas delante de un futbolín. Pero no todo son palos, hemos aportado muchos más objetos al mundo.

Ya decía Julio César que nos envidiaba porque para los hispanos vivir era beber (“vivere” se pronunciaba igual que “bibere” en Hispania, y se sigue haciendo). Para no defraudarlo, elaboramos el porrón, la bota y el botijo. De paso, se perfeccionó el arte de beber de un caño sin quedar empapado. Si añadimos el cigarrillo, el mus y la guitarra, tenemos los elementos para una fiesta. Ya nos darán la factura tras sumarla con la calculadora digital.

El matar siempre ha tenido cierto atractivo en España: a alguien se le ocurrió que sería una buena idea tener un cañón que pudiera manejar y transportar una sola persona, lo llamó arcabuz. Cuando prohibieron llevar espadas, a otra persona se le ocurrió que una más pequeña sería muy fácil de ocultar y la navaja fue todo un éxito. Como maestros en la guerra de guerrillas, si se nos presenta la ocasión, tenemos pocas cosas más útiles que el cóctel molotov, que se inventó en la Guerra Civil. En la última, quiero decir.

Hay españoles que también han puesto su grano de arena en material de oficina y turismo. Unos inventaron la grapadora y el sacapuntas; otros sorprendieron con los primeros modelos de submarino (de vapor y eléctrico), con el autogiro (precursor del helicóptero), el dirigible y el tren Talgo. El galeón no nació precisamente para hacer turismo, pero debo mencionarlo junto a los demás medios de transporte.

Ahora que estamos en tiempos de crisis tenemos la semilla ideal: la necesidad. ¿Qué otros inventos aparecerán en España?

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La desmemoria histórica de hace un mes

Foto de la portada del diario El Pais

Foto de la portada del diario El País

Esta imagen que tuvo lugar ayer, 9 de enero, es muy similar a la que se dió no hace ni un mes, el 15 de diciembre. ¿Alguien lo recuerda? La ministra de Fomento y la presidenta de Madrid parece que no, porque han tomado las mismas medidas que la vez anterior para evitar que se colapse media España en general y Madrid en particular. Esas medidas han consistido en no hacer nada para evitar que sucediera,  llevarse las manos a la cabeza una vez que ya no tiene remedio la cosa y echarle las culpas a otro, que eso de asumir responsabilidades y dar la cara está muy mal visto aquí. Claro, en invierno nadie espera que nieve, eso es impropio de esta época del año, está pasado de moda y ya no se lleva. Además, era impensable que nevara a 600 metros de altitud cuando la previsión era que nevaría a partir de 300 ó 400. En fin, tampoco se puede esperar mucho de personas que autorizan la construcción de casas justo en mitad del lecho seco de un río y cuando el agua, que aunque no haya pasado por allí en 10 años, decide hacer una visita al lugar por el que se ha estado paseando mil, dos mil o tropecientos mil años antes de poner el primer ladrillo y se lleva por delante la casa y todo lo que en ella hay, la mejor opción es mirar para otro lado. ¡Qué cruel es el clima!, dicen después.

Así que seguiremos siendo el hazmerreír de Europa por la ineficacia que demuestran nuestros políticos ante los problemas (es que parecen japoneses) junto a la conducta pueril de escurrir el bulto y no aceptar los errores cometidos. Que cuando se trata de dinero o comida bien que les gusta a todos representar e ir con la cabeza alta, pero en cuanto asoma la palabra “problema” el responsable siempre es cualquier subordinado, que encima, como era su primer día, pues se le da un tironcillo de orejas y pelillos a la mar. Aunque claro, si el responsable es un subordinado ¿quién es el irresponsable que lo ha contratado?

El día que un político español asuma sus errores y actúe en consecuencia abandonando su cargo, como hacen los directivos de todas las empresas y los gobiernos de buena parte del mundo, tiraré una docena de cohetes en su honor, nunca mejor dicho. Incluso puede que descorche una botella de champán.

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El menosprecio de la traducción en España

Tras un par de semanas sin escribir nada, creo que ya es hora de volver a la actividad, de paso aprovecho para agradecer todas las visitas que estoy recibiendo y os animo a comentar siempre que os apetezca. Vamos al tema.

Hay mucha gente que aún hoy sigue pensando que eso de traducir es más simple que el mecanismo de un chupete, y no sólo lo piensan quienes saben una lengua extranjera, al fin y al cabo ellos tienen más dificultad para tener consciencia de lo que realmente significa traducir. Me apuesto un café de un euro (si es que lo encontráis) a que hay muchos hipócritas que, pese a no tener ni pajolera idea de una lengua distinta al español, creen que la traducción es cosa de un par de ratos y que cualquiera puede dedicarse a traducir. Probablemente acierten en lo segundo, cualquiera puede, sí, pero hay que esforzarse mucho, especialmente para traducir bien, por no hablar de interpretar. Ojo, digo que hay mucha gente, pero ni mucho menos todo el mundo. Los que opinan así, es más por desconocimiento que por otra cosa.

El error más típico es pensar que el hecho de tener un nivel bastante avanzado de una lengua lleva implícito el saber traducir de o a ese idioma. Pues eso no es verdad. Traducir no (solo) consiste en pasar las palabras de una lengua a otra y ya está, sino que lo fundamental es saber transportar las ideas de una cultura a otra de modo y manera que aporten la misma información. Por eso, la traducción literal de palabras, que a veces puede funcionar, en la mayoría de ocasiones suele ser desde hilarante hasta absurdamente incomprensible.  Si fuese tan fácil, hace años que el traductor de Google o cualquier otro programa de traducción automática habría alcanzado la perfección, y faltan décadas para que eso ocurra si es que llega a conseguirse alguna vez, que lo dudo bastante.

Aquellos con conocimientos de otra lengua pueden traducir textos no especializados de forma decente e incluso los licenciados en filología consiguen tener una gran competencia traductora con el tiempo, si se empeñan. Pero resulta que en España hay un tipo de personas especialmente preparadas para desempeñar ese trabajo, los licenciados en traducción e interpretación. Y es aquí donde quería llegar, la infravaloración del traductor por parte de las empresas (las que saben que existe, claro) que a buen seguro España va en los primeros puestos en cuanto a las malas condiciones laborales.

¿Quién de vosotros contrataría a un matemático para trabajar de programador de software en lugar de a un informático, por mucho que la informática se base en las matemáticas?, ¿o qué clínica contrataría a un experto zoólogo en vez de a un veterinario que sabe cómo tratar a los animales? Siempre puede haber excepciones y que haya profesionales trabajando en puestos en los que inicialmente uno no pensaría. Pero yo, normalmente, me llevaría las manos a la cabeza y la empresa que actuase así me daría bastantes motivos para desconfiar de ella.

Ahora os dejo reflexionar y comentar. Mañana la segunda parte.

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