Trémolo

Trémolo, que en música es la sucesión rápida de repeticiones de la misma nota. Porque así es como pasan los días. Rápido y con la misma duración. Sin un calderón que nos haga detenernos un momento, disfrutar del momento y alargarlo ad libitum, es decir, a voluntad, cuanto se quiera. Sin un ritardando que alargue el viaje hasta el fin de la partitura. Después silencio, hasta que empiece una nueva canción.

Trémolo, que también puede ser la fluctuación periódica del volúmen o amplitud un sonido, sin cambiar su afinación. Porque, aunque los días son iguales, su intensidad no es constante. El resto de intérpretes de la canción nos hacen saber que están ahí o se esconden tras el silencio de los compases de espera aguardando el momento de seguir tocando o para pasar desapercibidos y desentenderse mientras les sea posible. Después silencio, y quienes no quieren seguir tocando o prefieren otras melodías se levantan y se van sin despedirse antes del comienzo de la siguiente obra.

Trémolo, que en italiano significa trémulo, tembloroso. Porque somos como la llama de una vela. Titilantes cuando nos agita el aire de alguien que se aleja o, indeciso, no termina de decidir en qué dirección ir y nos roba todo el oxígeno de nuestro alrededor. Fulgurantes si el viento sopla en la dirección que queremos, si conseguimos el combustible adecuado y el comburente propicio. Moribundos cuando se aproxima el final, haciendo esfuerzos por brillar una última vez antes de la extinción. Después, silencio.

Mano izquierda

—No tienes mano izquierda —me dijeron hace varios años. A mí me resultó contradictorio que un zurdo careciera de esa habilidad pero tuve que reconocer que era cierto.

Para los que no conozcan esa expresión, el Diccionario de refranes y dichos nos cuenta que «alguien tiene mano izquierda cuando sabe cómo controlar una situación complicada, cuando tiene tacto o cuando sabe tratar muy bien a determinadas personas». Además, es la única expresión en la que se le da un valor positivo a la izquierda.

Creo que no es algo con lo que se nace, sino que hay que ir trabajando y perfeccionando ese arte con el tiempo. Afortunadamente, desde aquel día de principios de 2007 he tenido muchas oportunidades y las más diversas situaciones para ponerme a prueba y mejorar, y las he aprovechado lo mejor que he podido. Aún me queda mucho (muchísimo) camino por recorrer hasta darme por satisfecho, no lo puedo negar. La verdad es que todavía no sirvo para ejercer de negociador en el FBI ni de político simpático que le pone buena cara y sonrisa boba a todo el mundo.

Sin embargo, me parece que he progresado más de lo que la persona que he mencionado al principio se pueda imaginar. Me resulta agradable hasta cierto punto tratar e intentar manejar algunas situaciones difíciles o tensas, por no mencionar la parte de tratar muy bien a ciertas personas.

¿A vosotros qué tal se os da?

La bala imaginaria

Hoy me han disparado, como a otros cientos de personas en todo el mundo, pero he tenido la inmensa suerte de que era una bala imaginaria disparada por las manos y la boca de un niño que me ha considerado una presa apetecible o un enemigo peligroso.

Me he quedado pensando en esa bala que ni me ha despeinado, aunque el chiquillo puede jurar que me ha disparado en la cabeza desde menos de un metro y no ha fallado. Dos puntos de vista válidos. Él mata con su imaginación, como muchos autores matan a sus personajes. Ha disfrutado con ello, se ha divertido porque sabe que lo que ocurre en su imaginación no tiene consecuencias en la realidad. Ni siquiera se ha planteado hacerlo de verdad porque no lo necesita.

Los niños no empiezan a ser conscientes de lo que implica la muerte hasta los 7 años de edad aproximadamente, pero en su fantasía pueden matarte y pueden morir varias veces al día ya que se trata sólo de un juego que pueden recrear una y otra vez, una obra de teatro con miles de posibles variantes. No se trata de disfrutar matando, no. Como en cualquier juego, lo que importa es quedar mejor que el rival, marcar más goles, saltar más alto, esconderse mejor.

Los adultos hemos deshechado y olvidado la versatilidad de la imaginación y nos divertimos si gastamos cientos de euros en un equipo de paintball, en coches de competición, en alas delta, en tablas de surf, y en decenas de equipos, complementos y accesorios para cualquier deporte que se os ocurra.

Los adultos tenemos un montón de tickets de compra, los niños tienen mil universos al alcance de su mano sin moverse de la acera en la que estén sentados. Incluso esa mano puede ser imaginaria si ellos quieren, como dioses dando forma a su propio mundo. ¿Qué habrá sido de todos esos mundos que quedaron olvidados cuando crecimos?

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