Siete mil millones

Lo hemos logrado en once años. Desde hoy hay mil millones de personas más que en el año 2000. El planeta no puede abastecer a tanta gente y eso sin contar los animales que, por otra parte, cada vez son menos gracias a nosotros. Los insectos pueden permitirse ser millones porque son diminutos, nosotros somos una plaga demasiado grande y demasiado peligrosa para todos los ecosistemas. Aún hay grandes zonas en las que no vive nadie, es cierto; la mayoría son inhabitables, inhóspitas o inaccesibles. Otras, las menos, están dedicadas al cultivo por lo que se podrían considerar habitadas en parte.

El ADN tiene la misión de sobrevivir y multiplicarse a toda costa, sin importarle la forma de vida que lo haga perdurar. Y lo está consiguiendo tal vez demasiado bien a pesar de que nunca hemos sido demasiado numerosos hasta hace pocos siglos. Por ejemplo, los neandertales ocuparon toda Europa y algunas regiones de Asia, y se estima que nunca sobrepasaron los 10.000 individuos. De todas formas, los sapiens siempre fuimos mucho más numerosos y gracias al progreso fuimos aumentando la tasa de natidad y alargando nuestra esperanza de vida.

El dominio del fuego probablemente sea la pieza clave en la explosión demográfica humana. La carne cruda es mucho más difícil de digerir y es una fuente inagotable de enfermedades, parásitos y diversas afeciones. La comida que ha pasado por el fuego no sólo es más fácil de masticar y digerir, con el consiguiente ahorro de energía, sino que además se conserva mejor y tiene menos riesgos para la salud. Sin duda, el buen uso del fuego ha supuesto para la Humanidad la diferencia entre la vida y la muerte. Una diferencia mucho mayor que la que lograron avances posteriores.

Las guerras, el hambre y, por encima de todo, las enfermedades siempre han sido las principales culpables de limitar el número de personas que han existido. Millones de chinos han muerto a lo largo de su historia, plagada de batallas y enfrentamientos. En Europa las guerras causaron estragos pero fue la peste negra la que se encargó de borrar del mapa a un tercio de la población. Claro que los que sobrevivieron se enriquecieron a costa de los que ya no estaban. Hoy las guerras siguen siendo igual de sangrientas que antes, pero la higiene y la medicina han salvado millones de vidas que en otra época estarían condenadas sin remedio.

En cualquier caso, somos culpables de nuestra supervivencia, aunque eso no signifique que nuestras vidas sean mejores. Ya veréis lo interesante que va a ser la situación cuando en Asia empiece a escasear el agua, que ya ha empezado. La mayoría no moriremos ni de hambre ni de enfermedad, pero la guerra por el agua está a punto de llegar.

La bala imaginaria

Hoy me han disparado, como a otros cientos de personas en todo el mundo, pero he tenido la inmensa suerte de que era una bala imaginaria disparada por las manos y la boca de un niño que me ha considerado una presa apetecible o un enemigo peligroso.

Me he quedado pensando en esa bala que ni me ha despeinado, aunque el chiquillo puede jurar que me ha disparado en la cabeza desde menos de un metro y no ha fallado. Dos puntos de vista válidos. Él mata con su imaginación, como muchos autores matan a sus personajes. Ha disfrutado con ello, se ha divertido porque sabe que lo que ocurre en su imaginación no tiene consecuencias en la realidad. Ni siquiera se ha planteado hacerlo de verdad porque no lo necesita.

Los niños no empiezan a ser conscientes de lo que implica la muerte hasta los 7 años de edad aproximadamente, pero en su fantasía pueden matarte y pueden morir varias veces al día ya que se trata sólo de un juego que pueden recrear una y otra vez, una obra de teatro con miles de posibles variantes. No se trata de disfrutar matando, no. Como en cualquier juego, lo que importa es quedar mejor que el rival, marcar más goles, saltar más alto, esconderse mejor.

Los adultos hemos deshechado y olvidado la versatilidad de la imaginación y nos divertimos si gastamos cientos de euros en un equipo de paintball, en coches de competición, en alas delta, en tablas de surf, y en decenas de equipos, complementos y accesorios para cualquier deporte que se os ocurra.

Los adultos tenemos un montón de tickets de compra, los niños tienen mil universos al alcance de su mano sin moverse de la acera en la que estén sentados. Incluso esa mano puede ser imaginaria si ellos quieren, como dioses dando forma a su propio mundo. ¿Qué habrá sido de todos esos mundos que quedaron olvidados cuando crecimos?

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