Reconocimiento médico

Feliz año nuevo a todos, aunque ya haya pasado una semana. Ya estoy de vuelta de mis vacaciones y por fin dispongo de una conexión a internet aceptable y un lugar para escribir cómodo. Pensando en el tema de la nueva entrada me ha venido a la cabeza, por casualidad una escena que suele ser habitual casi todos los inviernos (yo de momento me he librado, pero el invierno es largo…) y que a más de uno le traerá ¿buenos? recuerdos y alguna que otra risa por lo bajini. También podéis partiros el pecho ¿eh?, no os sintáis limitados por mis palabras; la risa como la comida, a gusto del consumidor.

Precisamente de comida va el asunto, o al menos empieza por una comilona, ya sea nochebuena, navidad, año nuevo, vuestro cumpleaños o un día cualquiera de esos que os tomáis una olla de puchero como si fuera una bolsa de Lay´s o Matutano (que acabo de descubrir por san Google que pertenecen a Pepsi), aunque una comida ligerita también puede provocar la desgracia si se combina con una exposición prolongada al frío matutino o te lo contagia tu prima a la que sólo ves durante las navidades (¿alguien ha dicho casualidad?). Un ratito después empiezas a sufrir un ligero malestar, a tener escalofríos y un dolor cada vez más agudo en la zona abdominal. De repente, sales corriendo hacia el servicio más cercano como si te estuvieses entrenando para ser más rápido que Carl Lewis y el Correcaminos juntos -entrenamiento que, a fin de cuentas, te será indispensable para los días posteriores-.

Una vez expulsados todos los demonios de ti, caes en un estado de debilidad que sólo te da fuerzas para dormir y correr nuevamente cada vez que desafias a la muerte comiendo algo para no morir de inanición (vamos, que elijas lo que elijas te vas a… fastidiar). Total que decides ir a urgencias o al médico de cabecera, lo mismo da,  para que te haga un reconocimiento y trate de salvar lo poco que queda de ti. Reconocimiento que consiste en escucharte el corazón y la respiración con el fonendoscopio, mirarte cuan largo eres (o no) con expresión inescrutable, intentar ahogarte con el palito que Frigo no ha considerado apto para sus helados pero sí para inspeccionarte la garganta y, por último, volver a mirarte de los pies a la cabeza y viceversa con una cara que parece el vivo retrato de Chuck Norris.

En el incómodo silencio que viene ahora, empiezas a mirar al médico (que no siempre es doctor, ojo) y, temiéndote lo peor, consideras seriamente la posibilidad de hincarte de rodillas y rezarles a todos los dioses que conoces y de paso te inventas algunos dioses nuevos, por si las moscas. Sin saber cómo, ves como empieza a salirle humo de la cabeza al becario o experimentado doctor de turno (la vida es injusta, no siempre podemos elegir a quienes nos atienden), hasta que descubres que realmente el humo proviene del boligrafo que se mueve por la receta. Bueno, tu ves la receta, el boligrafo te lo imaginas al ver los trazos que van surgiendo a la velocidad de la luz en ella.

Es entonces cuando llega el momento álgido de la consulta porque a ti, inocente y cándida criatura, se te ocurre preguntar lo que has ido a saber:

-Perdone, ¿qué es lo que tengo?

-Pues… mmm… uno de los virus esos que andan ahora.

Y se queda el tío tan ancho. Tú, mientras buscas la cámara oculta, intentas decidir si descojonarte allí mismo o fingir que te desmayas para darle un poco de emoción a la visita. Tras hacer una de estas cosas (o ninguna, ¡o las dos!) piensas para ti:  ¿Era una adivinanza?, ¿qué virus será? Ahora, además de la oreja, también me pica la curiosidad. ¿Será el de la gripe o el del ébola? A lo mejor puede ser ántrax, que está muy de moda. Aunque  a lo mejor es el virus que causa la enfermedad de [inserta aquí tu nombre y apellidos] y este de aquí tiene el premio Nobel delante de sus ojos sin darse cuenta.

Sales de la consulta planeando contagiar al hijo de la vecina del quinto, el que intentó quitarte la bicicleta el verano pasado; con la recomendación de una dieta ligerísima, una o varias recetas entre las manos y entre pecho y espalda uno o varios de los virus esos que andan por ahí.

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